Un corredor hipotecario, once expedientes marcados y una cita con el FBI el lunes.
Sábado 18 de octubre de 2008. El mercado inmobiliario se ha hundido. Copper Ridge, una urbanización cerrada a las afueras de Henderson, tiene doce casas terminadas y noventa parcelas vacías. Rick Salazar, de 46 años, el corredor hipotecario que financió la mayoría de las ventas, está solo un sábado por la noche en la oficina de ventas de la casa piloto, con una caja de archivo que contiene once expedientes de préstamos, todos marcados con su propia letra.
El lunes a las nueve tiene que explicar al grupo especial del FBI contra el fraude hipotecario cómo se concedieron esos préstamos. El domingo por la mañana, el jefe de obra lo encuentra en el suelo de la oficina, junto a una muestra de encimera de granito de más de seis kilos.
Seis personas tenían motivos para desear que ese lunes no llegara nunca: su socio, que había redactado los préstamos; el promotor, que lo había amenazado en el buzón de voz; el comprador testaferro al que se le viene encima la ejecución hipotecaria; el tasador; la esposa separada con el seguro, y el hijo que debía dinero a un corredor de apuestas. Cada uno estaba en algún lugar donde algo quedaba grabado: un casino, el teclado de una barrera, una tarjeta de embarque, un lector de credenciales, un coche que transmite su posición. Lee las máquinas y decide.
Lee los 24 documentos y nombra a la persona que mató a Rick Salazar. Una sola acusación. Aciertes o no, el informe de la solución se abre y muestra cada documento que incrimina al culpable. No hay pistas y nada está marcado.
Toca Jugar y elige Crear una sala. Hasta ocho personas leen el expediente en sus propios teléfonos, ven lo que han abierto los demás, lo comentan en el chat de la sala, votan en secreto y dejan que el anfitrión revele el resultado. Solo el anfitrión necesita tener el caso; los invitados juegan gratis.